25
Mar
2010

Pasionaria

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MadresFue hace muchos años, a fines de los 70 o principios de los 80. La dictadura estaba en el pico de la represión y “las Madres” eran todavía eso, “las madres”, sin más. Hacían sus primeros contactos con el exilio y desconfiaban. En su manera de mirar, en el tono de voz, presentíamos una pregunta que no llegaban a formular: ¿Por qué unos sí y otros no?, ¿por qué la suerte nos había exceptuado?, ¿qué habríamos hecho para sobrevivir? Todo estaba pasando todavía, ellas estaban en carne viva y aún no habían aprendido cómo funcionaba la máquina de matar: eran madres en busca de sus hijos y esos hijos habían sido nuestros compañeros. Por eso las rodeábamos cada vez que llegaban a Madrid. Por eso aquel jueves acompañamos a Hebe y a María Adela a hacer su ronda habitual, pero no en la Plaza de Mayo sino a 12 mil kilómetros de distancia, frente a la sede de la embajada argentina.

De pronto, de un automóvil bajó con dificul- tad una anciana menuda, de cabello blanco y ropas negras. Ayudada por dos mujeres se incorporó al círculo que las Madres dibujaban una y otra vez sobre la plazoleta. Era la Pasionaria que venía a estar con ellas, junto a ellas. A un lado, respetuosos, hombres de dirección del Partido Comunista Español observaban el espectáculo sin poder definir si podían sumarse a esa lenta marcha o se trataba de un rito solitario. Las Madres no registraron la presencia de la Pasionaria. Mientras seguían con su ronda, los hombres del PCE se acercaron para contarnos, desconcertados, que el Comité Central en pleno las esperaba para rendirles un homenaje y las Madres se negaban a concurrir. Mediamos. Explicamos que allí las aguardaban Santiago Álvarez, el jefe del maquis, uno de los cuadros del Quinto Regimiento, un héroe de la Guerra Civil, o Marcos Ana, el poeta que cargaba con 23 años ininterrumpidos de cárcel sobre la espalda. Les contamos quién era Dolores Ibárruri. Que a Dolores, hija y mujer de mineros, la había guiado hacia ellas una doble solidaridad: la política y la de género. Ella, una luchadora como la copa de un pino, había perdido un hijo peleando contra los nazis. Fue inútil. No cambiaron de opinión. Recién empezaban a caminar el mundo. Tenían miedo a la política. No sabían nada de lo mucho que después supieron. Pero es precisamente por lo que después supieron que su presencia en una jornada proselitista, de exaltación de una mujer de manos enjoyadas, largas uñas rojas y grueso maquillaje a la que llamaron “valiente y estoica” deja un amargo sabor de boca. Los uruguayos seguramente hablan de esa sensación cuando dicen: “Tanto nadar, para morir en la orilla”.

Por Susana Viau  en Crítica de la Argentina

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